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Capítulo 7

El punto de vista de Amelia. Cuando sentí el calor familiar del abrazo de mi padre, me brotaron muchas lágrimas de los ojos. "Papá...", sollocé quebrada. "Ya, ya... Papá está aquí ahora. Todo saldrá bien. No dejaré que nadie te haga sentir triste otra vez", me dijo mientras me acariciaba la espalda. Al oír sus palabras, me quebré aún más. Creí que me culparía por haberle llevado la contraria desde hace tres años, pero no, seguía siendo el mismo que tanto me adoraba. "Primero vamos a casa, mi Alia", me llamó con el apodo que me había puesto desde que era pequeña. Asentí mientras seguía entre sus fuertes brazos y me llevaba hacia su auto. De repente recordé que había llegado conduciendo y no dejé que me llevara hasta su auto. "Papá... Yo conduje hasta aquí", señalé con vergüenza el viejo auto negro no muy lejos de donde estábamos. Miró el auto que yo apuntaba y se puso furioso. "¿De verdad se atrevió a darle a mi hija ese pedazo de chatarra? " "No, papá. La que lo eligió fui yo. No quise que pensara que estaba con él solo por su riqueza", le expliqué enseguida, pero supe que mis palabras no fueran las adecuadas. Parecía que estaba defendiendo a Ernesto. ¿Papá se molestaría? Me miró con sus ojos negros y dijo: "Fue su pérdida por dejar a una princesa tan preciosa como tú". Lancé un suspiro de alivio y mi ánimo mejoró al oír las palabras de mi padre. Para él, siempre sería su niña pequeña que necesitaba protección. "Deja esa chatarra ahí. No es apropiado para ti", me dijo, llevándome hacia un Rolls Royce negro sin darme la oportunidad de decir que no. No es que me negara a subirme a un Rolls Royce. La verdad es que echaba de menos llevar una vida lujosa. Al sentarme en el asiento del auto, cerré los ojos y disfruté de la sensación. El mullido asiento de piel, el olor a cuero caro y la suavidad con que el vehículo se deslizaba por la carretera bastaron para que se me dibujara una sonrisa en la comisura de los labios. Cuando llegamos a la Manada Plenilunio, mi padre me llevó enseguida a su estudio. Tomó asiento detrás de su escritorio mientras yo me sentaba frente a él. Aunque me miró con tranquilidad, me sentí como una estudiante a la que llaman al despacho del director por haber hecho algo malo. Bajé la mirada y jugueteé con los dedos, sin atreverme a mirarlo. "Cuéntame todo lo que has pasado en los últimos tres años, Alia", dijo con una voz implacable. Levanté la cabeza al oír sus palabras. Sabía que me haría esa pregunta y estaba preparada para ello, pero seguía indecisa sobre si contárselo cuando llegara el momento. Enarcó una ceja y entonces supe que no tenía más remedio que contárselo. Le dije todo lo que había pasado, desde el momento en que me había casado con Ernesto hasta que decidí romper el vínculo de pareja con él. La cara de mi padre se ensombrecía con cada palabra que pronunciaba y, en cuanto terminé, su rostro se volvió tan serio que me dio miedo. ¿Me reprocharía por ser tan est*pida? "Papá... Yo...", estaba a punto de pedir disculpas, pero él me interrumpió. "¡¿Cómo se atreven a tratarte así?!", gritó, y me sobresalté. "Ese alfa, su amante, su hermana y su manada... ¡Los destruiré a todos!" Cuando vi lo furioso que estaba, me puse de pie enseguida, di la vuelta al escritorio, me coloqué detrás de él y empecé a masajearle los hombros para calmarlo. "Papá, me encuentro bien ahora. He decidido romper mi vínculo de pareja con él. Y ya estoy de vuelta; ¡no podrán hacerme nada porque tú me protegerás!", me alegré mucho de que no me culpara y siguiera poniéndose de mi parte. Entonces, sentí que su enfado empezaba a disminuir y que su cuerpo se relajaba. "Sí", asintió. "Ahora que has vuelto, serás tratada como es debido: ¡como una princesa!" Sus palabras lograron hacerme sonreír. "¡Sí, papá es el mejor!" Soltó una risita, se puso de pie y me abrazó. "Lamento que hayas tenido que pasar por todas esas horribles experiencias. Y siento no haber estado ahí para ti", dijo con voz triste y mirada culpable. Al verlo así me dieron ganas de llorar otra vez. "Papá, no fue culpa tuya. La que eligió casarse tontamente con él fui yo y me quedé con él a pesar de que me trataban horrible". Mi padre frunció el ceño y me dio un golpecito en la frente. "Sí, fuiste tonta al querer que te hagan daño una y otra vez". Me sobé la frente e hice un mohín. Me sonrió y me acarició la cabeza con cariño. "Pero ahora lo tienes claro. Me alegro de que hayas decidido dejarlo. No te merece. Y a partir de ahora, mi pequeña Alia será mimada y consentida. Papá no dejará que nadie te haga daño nunca más". Lo abracé fuerte esbozando una gran sonrisa y volví a elogiarlo. "Gracias, papi. Eres el mejor". Se echó a reír y me devolvió el abrazo. Quería tanto a mi padre. Me sentía tonta por haberlo abandonado a él y a la manada por Ernesto hacía tres años. "Alia", dijo mi padre en tono severo. Lo miré y me percaté de que su expresión también era seria. "¿Necesitas la ayuda de papá para vengarte? Puedo empezar una guerra entre nuestra manada y la suya. Él no podría vencernos". Aunque estaba agradecida con mi padre por preocuparse tanto por mí hasta el punto de querer erradicar la Manada Garra Roja, rechacé su propuesta. "No hace falta, papá. Ya no quiero saber nada de él. Que se quede con Maia. Mañana, después de romper el vínculo de pareja, lo trataré como a un extraño", dije con firmeza, pero había un rastro de amargura y tristeza en mi interior. Las palabras 'romper el vínculo de pareja' y pensar en ellos aún me afectaba. "Esa es mi hija. Olvídate de él y trátalos como a extraños. No permitas que te sigan perturbando", luego me sonrió con ternura. "Así lo haré. No te preocupes, papá", si bien me entristecía dejar a Ernesto, ya había tomado la decisión de olvidarlo y seguir adelante. Como dijo mi padre, él no me merecía. "Papá, tengo que ver a Lola ahora. Pero te prometo que a partir este momento me prepararé para hacerme cargo de la manada", le sonreí. Su mirada se iluminó. Siempre había querido que me hiciera cargo de la manada y me convirtiera en la primera mujer alfa desde hace tres años, pero preferí irme y estar con Ernesto. "Bien. No olvides que papá siempre te cubrirá las espaldas. Si tienes algún problema, acude a mí", dijo con una expresión de complicidad. "Lo haré. Gracias, papá. Hasta luego", volvimos a abrazarnos y luego me fui a ver a Lola. Ella estaba esperándome fuera de la casa principal de la manada. "¡Alia!", me saludó al verme. Su cara inocente y sus gestos me hicieron sonreír de inmediato.

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